Todos somos médicos

Hay personas, y no son pocas, que sienten verdadera fijación con el tema de las enfermedades y achaques, es tanto que llega a ser como morboso. Y no es cuestión de edad, se da a todo nivel. He hecho la prueba en reuniones sociales, de lanzar como tema “alguna enfermedad”, es un éxito rotundo, rompe cualquier hielo, distancia o diferencia entre los comensales, les cambia la cara, todos tienen de qué hablar, ¡es un fenómeno insuperable!

A los pocos minutos, comienzan a intercambiar remedios, recetas y consejos médicos. Se pasean entre los preparados naturistas, luego siguen con las flores de Bach, los imanes y hasta las agujas con la acupuntura. Son todos especialistas en salud y, de los graduados con honores. Aparecen los expertos con diagnósticos certeros, que se dan porte empleando un lenguaje clínico, que se lo quisiera el médico con más trayectoria, entre más complicado y difícil sea de repetir el término utilizado, mayor es su satisfacción.

Pero cuando realmente la conversación se enciende, es cuando llegan al tema de las “cirugías.”

¡Ah, no!, aquí los invitados se tropiezan para enumerar la cantidad de accidentes y cirugías que tienen en el cuerpo. Porque han de saber que a mayor cantidad de operaciones hayas sufrido, mejor considerado quedas. Ahora, si en alguna de ellas has estado en coma, con riesgo vital, o con diagnóstico de muerte, te aseguras la admiración de toda esa gente de por vida. Pero aun puedes ganar adeptos dependiendo de lo larga que ha sido tu estadía en una clínica, eso también vale. Casi tanto como las complicaciones, y diagnósticos errados que te han dado.

Siento una gran admiración por la labor que desempeñan los funcionarios del amplio gremio de la salud, creo que merecen no tan solo mi respeto, sino el de todos. Son personas brillantes, dedicadas a su profesión, inteligentes, con gran vocación, que dedican su vida a los estudios.

Piensen tan solo en el trabajo que hay detrás de poner en marcha un nuevo medicamento: experimentos, pruebas, permisos, patentes, autorizaciones y todo lo que implica crear un remedio, hasta que tú lo puedas comprar en la farmacia de la esquina. ¡Y ni que hablar en la cura de una enfermedad!

Entonces, yo siempre digo, ¿quién soy yo, una humilde y simple mortal para poner en duda el beneficio de un brebaje o píldora que evite el dolor y que sea recomendado por estos héroes de la salud? Bueno, debo reconocer que tengo cierta debilidad para administrar medicamentos.

Mi problema es que no soporto el sufrimiento y si existe la medicina para evitarlo, no tendría corazón para negarlo. Por eso es que yo siempre ando con uno que otro remedio básico en mi cartera; “por sí”, por si alguien cercano lo necesitara. No se trata que yo esté esperando que a alguien le duela la cabeza, o se corte un dedo para correr a su lado con cara de circunstancia, sonrisa socarrona, con una vendita y polvos de penicilina. No, ese no es el caso.

Mi realización esta en tener algo con lo que pueda ayudar a quien lo necesita, no se confundan o mal interpreten. Es indescriptible el placer inmenso que produce en mí, cuando sé que alguien no se siente bien, o le duele algo y yo por casualidad, ando con la píldora precisa o la pócima mágica, que pueda revertirle el mal. Eso, ¡me hace el día!, la sola idea de ayudar a alguien es maravilloso. Después de eso, me siento una linda persona.

Justo ahora, después de mencionar que me siento una linda persona, me acuerdo que a veces no lo soy tanto. Luche varios años con salir adelante y dominar la cocina, sin embargo, cuando supe que no era lo mío, como mujer digna que soy, me hice un lado y reconocí mi derrota. Ambas quedamos en paz y respetamos nuestros límites.

Sin embargo, en ciertas ocasiones, suelo cruzar la línea para preparar alguna “receta especial”, normalmente cuando tengo invitados. Lo hago con respeto y muy apegada a las instrucciones, es decir, me dedico; no les voy a decir que mis platos quedan como para portada de revista, pero “salvan”.

El problema es que como arrastro un pasado oscuro, me viene la inseguridad culinaria y para evitar complicaciones posteriores, antes del postre siempre ofrezco alguna pastilla para evitar flatulencia, comprimidos para la digestión lenta, incluso, el clásico sobre con polvitos antiácidos, en fin, cualquier cosa donde los invitados se vayan a su casa felices y no sigan repitiendo mi nombre hasta el día siguiente con clara incomodidad digestiva.

Como dirían en Star Wars, éste es: “El lado oscuro de la Mari”.

Comentarios

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2 Comentarios

  1. Pepe said:

    Mari eres un chiste no sabes lo agradable que es leer tu bitacora, gracias por hacerme participe de tus vivencias, asi las largas horas de hotel se me hacen cortas.

    Octubre 30, 2016
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    • Mari said:

      Me encanta saber que de alguna forma puedo acortar tu estadía en los hoteles, y que te entretengas con mis historias.

      Noviembre 4, 2016
      Reply

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